Consejos Para Padres

10 CLAVES PARA EDUCAR A TU HIJO

Educar es una de las tareas más difíciles a las que nos enfrentamos los padres. Y, aunque no existen fórmulas mágicas, sí hay algunas cuestiones clave que tenemos que manejar con soltura. Nunca es pronto para comenzar a educarle. Estas son las reglas básicas para conseguir que tu hijo crezca feliz.

1. Un ejemplo vale más que mil sermones

Desde muy pequeños los niños tienden a imitar todas nuestras conductas, buenas y malas.

Podemos aprovechar las costumbres cotidianas -como saludar, comportarnos en la mesa, respetar al conducir- para que adquieran hábitos correctos y, poco a poco, tomen responsabilidades.

De nada sirve sermonearle siempre con la misma historia si sus padres no hacen lo que le piden.

 

2. Comunicación, diálogo, comprensión…

Las palabras, los gestos, las miradas y las expresiones que utilizamos nos sirven para conocernos mejor y expresar todo aquello que sentimos. Por eso, incluso durante el embarazo, hay que hablar al bebé.

Debemos continuar siempre con la comunicación. Hablarle mucho, sin prisas, contarle cuentos y también dejar que él sea quien nos los cuente.

¿Has probado a hacerle una pregunta que empiece con «Qué piensas tú sobre...»? Así le demostramos que nos interesa su opinión y él se sentirá querido y escuchado.

 

3. Límites y disciplina, sin amenazas

Hay que enseñarle a separar los sentimientos de la acción. Las normas deben ser claras y coherentes e ir acompañadas de explicaciones lógicas.

Tienen que saber lo que ocurre si no hace lo que le pedimos. Por ejemplo, debemos dejarle claro que después de jugar tiene que recoger sus juguetes.

Es importante que el niño -y también nosotros- comprenda que sus sentimientos no son el problema, pero sí las malas conductas. Y ante ellas siempre hay que fijar límites, porque hay zonas negociables y otras que no lo son. Si se niega a ir al colegio, tenemos que reconocerle lo molesto que es a veces madrugar y decirle que nosotros también lo hacemos.

 

4. Dejarle experimentar aunque se equivoque

La mejor manera para que los niños exploren el mundo es permitirles que ellos mismos experimenten las cosas. Y si se equivocan, nosotros tenemos que estar ahí para cuidar de ellos física y emocionalmente, pero con límites.

La sobreprotección a veces nos protege a los padres de ciertos miedos, pero no a nuestro hijo. Si cada vez que se cae o se da un golpe, por pequeño que sea, corremos alarmados a auxiliarle, estaremos animándole a la queja y acostumbrándole al consuelo continuo. Tenemos que dejarles correr riesgos.

 

5. No comparar ni descalificar

Hay que eliminar frases como «aprende de tu hermano», «¿Cuándo vas a llegar a ser tan responsable como tu prima?» o «eres tan quejica como ese niño del parque».

No conviene generalizar y debemos prescindir de expresiones como «siempre estás pegando a tu hermana» o «nunca haces caso».

Seguro que hace muchas cosas bien, aunque últimamente se esté comportando como un verdadero «trasto». Cada niño es único, no todos actúan al mismo ritmo y de la misma manera.

Frases como «tú puedes nadar igual de bien que tu hermano, inténtalo. Ya lo verás» transforman su malestar en una sonrisa y le animan a conseguir sus metas.

 

6. Compartir nuestras experiencias con otros padres

Puede sernos muy útil. Así, vivir una etapa de rebeldía de nuestro hijo, algo muy frecuente a determinadas edades, puede dejar de ser una fuente de angustia tremenda y convertirse, simplemente, en una fase dura pero pasajera. Frases como «no te preocupes, a mi hijo le ocurría lo mismo», pueden ayudarnos a relativizar los «problemas» y, por tanto, conseguir que nos sintamos mejor y actuemos más tranquilos.

Si estamos desorientados, preocupados o no sabemos cómo actuar, siempre podemos consultarlo con un profesional. No tenemos nada que perder.

 

7. Hay que reconocer nuestras equivocaciones

Tenemos derecho a equivocarnos y eso no significa que seamos malos padres. Lo importante es reconocer los errores y utilizarlos como fuente de aprendizaje.

Una frase sencilla como «perdona cariño, refuerza su buen comportamiento y nos ayuda a sentirnos bien.

 

8. Reforzar las cosas buenas

Está comprobado que los refuerzos positivos gestos de cariño, estímulos, recompensas resultan más eficaces a la hora de educar que los castigos. Por eso siempre debemos darle apoyo afectivo y dejar que sea él el que, según su capacidad, resuelva los problemas.

Los niños son muy sensibles y los calificativos como «tonto» o «malo» les hacen mucho daño y pueden afectar de modo negativo a la valoración que tienen de ellos mismos.

Debemos ser generosos con todo aquello que les hace sentirse valiosos y queridos. Si le premiamos con caricias, abrazos o palabras como «guapo» o «listo», estamos construyendo una buena autoestima.

Tan importante como rectificar sus malas conductas es reconocer y reforzar las buenas.

 

9. No hay que pretender ser sus amigos

Aunque siempre conviene fomentar un clima de cercanía y confianza, eso no significa que debamos ser sus mejores amigos.

Mientras que entre los niños el trato es de igual a igual, nosotros, como padres y educadores, estamos situados en un escalón superior. Desde allí les ofrecemos nuestros cuidados, experiencia, protección… pero también nuestras normas.

Buscar su aprobación continua para todo puede ser un arma de doble filo, ya que la amistad también es admiración y confianza y le resultará muy difícil confiar en nosotros si no sabemos imponernos.

Un buen padre no es aquel que cede de modo continuo y no enseña.

 

10. Ellos también tienen emociones

A veces pensamos que solo nosotros nos sentimos contrariados y que los niños tienen que estar todo el día felices. Pero también tienen preocupaciones.

Su mundo emocional es igual o más complejo que el nuestro, por eso conviene dar importancia a sus emociones y ser conscientes de ellas. Debemos ayudar a nuestro hijo a poner nombre y apellido a lo que experimenta y siente.

TÉCNICAS PARA NIÑOS DESOBEDIENTES

Técnicas para niños desobedientes

Hoy vamos a definir cuáles son nuestras armas como padres cuando parece que nada funciona, cuando nos hartamos de reñir, castigar,…y nuestros hijos siguen comportándose mal.

Evidentemente, los consejos que daremos hoy no son un manual de instrucciones a seguir, ya que cada niño es único e irrepetible, y cada técnica tiene que adaptarse a las características del niño, a su edad y al tipo de familia de que se trate en cada caso.

Sólo se trata de pautas, recomendaciones, técnicas que tenemos a nuestro alcance, y que iremos probando para ver cuáles de ellas se ajustan mejor y son más eficaces en nuestro caso particular.

Se trata de poner límites claros y sólidos, que harán que el niño tenga claro qué es lo que se espera que haga y qué se espera que NO haga, ayudándole a aceptar el “no”, a aprender valores como el respeto, la obediencia, la tolerancia, el orden,…

¿CÓMO NO HACERLO?

Decálogo del Departamento de Policía de Washington dirigido a los padres:

1. Comience desde la infancia dando a su hijo todo lo que le pida, así crecerá convencido de que el mundo le pertenece.

2.  No le dé ninguna educación espiritual, espere a que alcance la mayoría de edad para que pueda decidir libremente.

3. Cuando diga palabrotas, ríaselas. Esto le animará a hacer más cosas graciosas.

4. No le regañe nunca ni le diga que está mal algo de lo que hace, podría crearle complejo de culpabilidad.

5. Recoja todo lo que él deja tirado, libros, zapatos, juguetes, hágaselo todo, así se acostumbrará a cargar la responsabilidad sobre los demás.

6. Déjele leer todo lo que caiga en sus manos, cuide de que sus platos, cubiertos y vasos estén esterilizados pero que su mente se llene de basura.

7. Discuta y riña a menudo con su cónyuge en presencia del niño, así no se sorprenderá ni le dolerá demasiado el día en que su familia quede destrozada para siempre.

8. Dele todo el dinero que quiera gastar, no vaya a sospechar que para disponer de dinero es necesario trabajar.

9. Satisfaga todos sus deseos, apetitos, comodidades y placeres; el sacrificio y la austeridad podrían producirle frustraciones.

10. Póngase de su parte en cualquier conflicto que tenga con sus profesores, vecinos, etc. Piense que ellos tienen prejuicios contra su hijo y que de verdad quieren fastidiarle.

¿QUÉ ES UN NIÑO DESOBEDIENTE?

Los niños habitualmente intentan saltarse los límites que les ponemos y lo lógico es que tengamos que ir enfrentándonos a muchas discusiones hasta que aprendan a comportarse de la manera que nosotros esperamos. Es normal que los niños quieran probar hasta dónde pueden llegar y cuál será nuestra reacción si sobrepasan el límite marcado. Es en ese momento cuando hay que mostrarse firmes, pues si cedemos, costará mucho más retomar el respeto de las normas.

Pero, antes de hablar de los distintos trucos disponibles, hay que tratar de distinguir entre niños desobedientes y niños con algún tipo de trastorno. Sospecharemos que no se trata de un simple caso de desobediencia cuando el niño:

-          Parece que está sordo cuando se le habla,

-          Hay que repetirle TODO veinte veces hasta que lo hace,

-          Deja la mayoría de cosas sin terminar,

-          No se entretiene con nada,

-          Es muy despistado, se olvida que debería hacer,

-          No sabe organizar sus tareas ni su tiempo,

-          Necesita atención y supervisión continuas,

-          Su desobediencia o rabietas son anormalmente intensas o continuadas

-          No se está quieto ni un solo minuto,

-          Desafía a los mayores,

-          No se atiene a ninguna norma,

-          Es anormalmente agresivo, etc…

En el caso de los niños con algún trastorno, como el Trastorno por Déficit de Atención, los trastornos de conducta o de la personalidad, es éste el que cáusala desobediencia. En este caso, debemos buscar ayuda. Las técnicas que trataremos hoy también sirven para estos casos, pero son sólo un apoyo a otro tipo de tratamientos que necesitará el niño.

CONDUCTAS QUE QUEREMOS MODIFICAR:

-          Luis, 4 años. Se tira al suelo y se pone a llorar cuando le digo que no a algo.

-          María, 10 años. Cuando tiene que hacer los deberes, tengo que repetírselo por lo menos 10 veces hasta que se pone a hacerlos.

-          Iván, 8 años. Cuando vienen sus primos a casa, siempre “monta el número” a la hora de la comida.

-          Julia, 6 años. Pega a su hermana pequeña cuando ésta entra en su habitación o cuando coge sus juguetes.

-          Pablo, 5 años. Habitualmente tarda más de una hora en cenar.

-          Andrés, 9 años. Juega al balón en casa cuando no le vemos y siempre acaba rompiendo algo.

-          Raquel, 7 años. Nunca recoge sus juguetes si yo no estoy pendiente.

-          Pedro, 11 años. Cuando llega la hora de apagar la consola se queda literalmente pegado a ella y siempre acabamos discutiendo.

¿QUÉ HAREMOS CON EL NIÑO DESOBEDIENTE?  

Los niños pequeños necesitan recibir recompensas y castigos por todos sus comportamientos. Es decir, menos discursos y más consecuencias. De nada sirve razonar con los niños más pequeños por qué les negamos algo o por qué les mandamos que hagan algo.

¨      Siempre tener en cuenta que los niños aprenden a hacer, sentir y pensar aquello que ven y oyen más que lo que se les ordena que hagan. Si obligamos al niño a respetar ciertas normas, nosotros debemos dar ejemplo. Somos los modelos de identificación en los que el niño se va a fijar. No podemos castigarle por gritar o ser violento si nosotros mismos perdemos el control continuamente y damos puñetazos en la mesa cuando nos enfadamos. O decirle que no debe mentir y luego decirle “esto no se lo decimos a tu padre”.

¨      Toda conducta se mantiene o desaparece según las consecuencias que se obtengan de ella. Si ignoramos al niño cuando hace algo, estaremos favoreciendo que el niño deje de comportarse de esa manera. Por el contrario, si le reforzamos por medio de nuestra atención, alabanzas, palabras de ánimo o caricias, PERO TAMBIÉN RIÑÉNDOLE, CASTIGÁNDOLE, DESESPERÁNDONOS CON SU ACTITUD, conseguiremos que el niño realice con más frecuencia dicha conducta.

“Es fantástico que te hagan caso. Si no te hacen caso es que no te quieren. Si no consigo atención por buenas conductas, la obtendré por conductas malas. Es mejor que me castiguen y sentir que se ocupan de mí, que pasar desapercibido”.

Isabel Orjales, 1998

Nos fijaremos en…

¿Qué es lo que hace el niño?

Intentaremos describir la conducta de una forma concreta. Esto es algo que solemos hacer de manera incorrecta, pues nos limitamos a etiquetar al niño. Por ejemplo, solemos decir “eres un maleducado”, “no seas malo” o “eres un egoísta”.

Cuando etiquetamos al niño…

-          Utilizamos afirmaciones que son vagas y generales y, por lo tanto, no le estamos diciendo al niño de una forma clara qué es lo que esperamos de él o qué es lo que está haciendo mal.

-          Provocan la “Profecía autocumplida”: el niño acabará comportándose siempre de la manera en que le decimos que se comporta a veces. Si, por ejemplo, a un niño le estamos diciendo siempre que es un desordenado, acabará por asumirlo, no se molestará en ordenar su cuarto de vez en cuando, porque en algún momento acabará oyendo “eres un desastre, SIEMPRE tengo que andar recogiendo detrás de ti”, etc.

-          Las etiquetas nos hacen ver al niño como incorregible, y, lo que es más importante, se lo hacemos ver a él. Realmente, la conducta del niño cambia con el paso del tiempo y de una situación a otra. Seguramente no será desordenado siempre, no siempre contestará de malas maneras, etc…

-          Invitan a la pasividad (“es así, ¿qué le vamos a hacer?”).

Debemos aprender a definir claramente qué es lo que hace el niño y decírselo de esta forma a él.

En lugar de….

“Eres un caprichoso”, diremos “cuando no te dejo comer chucherías antes de las comidas te tiras al suelo y lloras, y eso no nos gusta”.

“Te pones muy agresivo”, diremos “empujas y pegas a su hermana cuando ella no te deja sus juguetes, y eso no está bien”.

“Eres un desobediente”, diremos “no te quieres poner el pijama y lavarte los dientes cuando estás jugando, y todos los días tenemos riñas por eso”.

  ¿Cuándo pasa, dónde estaba el niño, con quién…?

Observando a los niños, nos damos cuenta de que algunas conductas, como las rabietas, la desobediencia o los problemas con las comidas sólo se producen:

-          en presencia de determinadas personas (el padre, la madre, los hermanos, los abuelos o los profesores);

-          en determinados momentos (antes de ir al colegio, durante las comidas o a la hora de hacer los deberes);

-          o en lugares concretos (en casa, el colegio, el parque o la puerta de la calle).

Conviene analizar estas circunstancias para que seamos más conscientes de qué cosas tenemos que cambiar para que cambie el comportamiento del niño.

¿Qué obtiene el niño de su comportamiento? ¿Cómo respondemos nosotros?

Como ya comentamos, ante cualquier comportamiento…

-          Prestar atención al niño, las palabras de elogio y aprobación, las caricias, los premios… refuerzan y consolidan esas conductas, aumentan la probabilidad de que ese comportamiento se repita en el futuro.

-          Por el contrario, si la conducta del niño no va seguida de consecuencias agradables, si no es reforzada, es menos probable que vuelva a ocurrir en el futuro; esta conducta se debilitará y desaparecerá.

Por lo tanto, es importante que reflexionemos sobre:

-          ¿Estamos reforzando una conducta negativa? ¿Le estamos prestando una excesiva atención a los comportamientos negativos?

¿NO estamos premiando sus conductas positivas? A veces, no sirve considerar que es natural que el niño se porte bien, tenemos que demostrarle que nos agrada que se comporte así.

¿Qué debemos hacer cuando el niño se porta mal?

Una vez que tenemos claro qué es lo que queremos cambiar, en qué circunstancias el niño suele comportarse mal y qué obtiene el niño de su conducta, podemos determinar a partir de qué momento las cosas empiezan a ir mal.

Nos guiaremos por estas tres reglas básicas:

1.  Ignorar las conductas inadecuadas del niño, evitando, de esta forma, reforzar los comportamientos negativos.

2. Cuando utilicemos el castigo, asegurarse de que la consecuencia negativa que sigue a un mal comportamiento no suponga de alguna manera una recompensa para el niño. Por ejemplo, si mandamos al niño a su habitación, cuando en ésta tiene el ordenador, sus juguetes, libros, etc., no supondrá un castigo para él. O si, mediante el supuesto castigo, consigue dejar sin terminar un trabajo para el colegio, porque lo mandamos castigado a su habitación por pelearse con su hermana cuando hacía las fichas.

3. El niño debe ser recompensado o premiado inmediatamente siempre que se comporte de la forma esperada.

EL REFUERZO POSITIVO  

-   Muchas veces tendemos a responder sólo ante las malas conductas y esto hace que el niño perciba a veces que la única manera de recibir atención de sus padres es comportándose mal. Ejemplo: Elsa y Juan están jugando tranquilamente en su cuarto y nadie les dice lo bien que se están portando al compartir los juguetes y jugar juntos sin pelearse. Pero poco después empiezan a discutir por una tontería y mamá les grita y les castiga inmediatamente.

-   Las conductas positivas normalmente pasan desapercibidas, ya que damos por hecho que es la “obligación” del niño comportarse de esa forma. Hay que pillar al niño haciendo también algo bueno, no siempre lo malo…

-   Lo correcto es felicitar al niño inmediatamente después de que haya hecho algo bueno, incluidas las “pequeñeces” como hablar sin gritar o pedirle un juguete a su hermana en lugar de quitárselo, estudiar todos los días, aunque sea su deber…. Sin refuerzo no hay aprendizaje.

-   La forma de reforzar al niño puede ser prestando atención a sus comportamientos positivos, alabándole, dándole algún pequeño premio, o mediante el contacto físico.

Atender a los comportamientos positivos del niño:

¿En qué consiste?: se trata de reforzar la conducta contraria a la que se quiere eliminar, es decir, ignorar los comportamientos que nos desagradan y sólo prestar atención a los que nos agradan.

¿Cómo hacerlo?:

-          Si el niño se levanta constantemente cuando está haciendo los deberes, le reforzaremos con palabras amables cuando le veamos permanecer sentado trabajando.

-          Si el niño lloriquea continuamente, se trataría de ignorarlo y acercarnos y hablarle si se pone a jugar tranquilamente después de haber dejado de lloriquear.

-          Si está jugando con la comida, se puede prestar atención cuando coja el tenedor y elogiar la forma en que se está comiendo los macarrones.

-          Cuando el niño tiene hermanos o hay otros niños presentes, podemos dirigir nuestra atención hacia los niños que se están portando bien para que quiera imitarlos. Por ejemplo, si el niño está continuamente levantándose de la mesa mientras los otros están sentados comiendo, lo más apropiado es elogiar la conducta de los niños que están sentados correctamente, hablarles, sonreírles, y hacer caso omiso del que va de un lado para otro.

¿Cómo elogiar?:

-         El modo más eficaz de formar una buena conducta es moldearla con elogios. Para lograrlo, debe hacerse a menudo. “Qué bien te has portado en casa de los abuelos”, “estás poniendo la mesa genial”, “eres un fenómeno haciendo la cama”, “qué bien que te has lavado los dientes tú solo, sin que yo te dijera nada”,…

-          Usar elogios concretos. Hay que decirle al niño exactamente lo que ha hecho bien. Cuanto más concreto sea el elogio, mejor comprenderá el niño lo que ha hecho bien y será más probable que lo repita. Por ejemplo, una mañana vemos que nuestra hija se ha hecho la cama, y al encontrárnosla en el baño peinándose le decimos “muy bien, cariño”. La niña no sabrá que si nos referimos al hecho de que se ha hecho la cama o a que se esté peinando. Es mejor decir “Has hecho la cama muy bien esta mañana”.

-          Elogiar el comportamiento y no la personalidad. En lugar de “eres una niña muy buena”, “qué bien has hablado a la abuela”. No se puede generalizar, ni en lo bueno ni en lo malo.

-          Elogiar inmediatamente. No debe pasar mucho tiempo entre el comportamiento positivo y la respuesta paterna. Los elogios son mucho más eficaces cuando se producen pronto, especialmente en el caso de niños pequeños. Algunos niños mayores pueden apreciar el reconocimiento posterior.

-          Elogiar cada pequeño paso en el camino hacia la conducta deseada. Debéis felicitarle por sus pequeñas mejoras, no por la perfección de sus acciones. Supongamos que el niño está acostumbrado a que se le atienda enseguida y no deja nunca una conversación telefónica sin interrumpir. La primera vez que espere 30 segundos, es bueno hacer una pausa en la conversación y darle las gracias por no interrumpir. A la siguiente oportunidad, se debe esperar un poco más para hacerla pausa. Cuando ya haya aprendido a dejarnos terminar nuestras conversaciones, es conveniente elogiarle de vez en cuando.

-          Elogiar de acuerdo con las preferencias y reacciones del niño. Los abrazos, los besos y otras señales físicas junto con palabras de aprobación suelen ser muy eficaces en los niños más pequeños. Sin embargo, a algunos niños un poco mayores les gusta ser elogiados discretamente. Un guiño o levantar el pulgar le indicará que se ha notado su buen comportamiento. Otros niños mayores aceptan mejor comentarios simpáticos que elogios directos. Por ejemplo, “qué brigada de limpieza habrá pasado por aquí” puede ser mejor que decir “has hecho la cama y has limpiado estupendamente”.

-          También se puede elogiar al niño delante de otras personas para que el niño lo oiga.

¿Cómo premiar?:

-          Hoy en día los niños suelen tener todo lo que quieren: todos los juguetes de moda, consolas, ordenadores, cámaras de fotos, móviles… Son grandes consumistas, son máquinas de pedir y de comprar: “cómprame una chuche, quiero los cromos de la liga de fútbol, cómprame ese muñeco, quiero algo…”.

-          Lo adecuado es sólo dar premios materiales al niño cuando se comporte bien. Por ejemplo, si todos los sábados cuando salimos a pasear por la mañana le compramos un sobre de cromos y unas chucherías, lo adecuado sería ajustarlo a su conducta: “Si te portas bien el sábado por la mañana, te compraré los cromos y unas gominolas”. Si no el niño considerará que haga lo que haga tendrá un premio, porque sí.

-          Los premios no tienen por qué ser siempre cosas materiales. Se puede premiar de muchas otras maneras: dedicándole al niño una tarde entera de juegos con él, llevándole al parque, dejando que escoja la cena, 15 minutos más de videojuegos el sábado,…

-          Las recompensas y privilegios que demos al niño deben estar adaptados a sus gustos particulares. Lo que para un niño es una recompensa, no tiene por qué serlo para otro. Para un niño ver la tele 15 minutos más antes de acostarse puede ser un premio y para otro no. Para un niño que come muy mal escoger la cena del sábado es un premio y para otro que come de todo no tanto.

-          Los premios deben variarse con cierta frecuencia para evitar  una sanción, es decir, que el niño se canse de recibir siempre los mismos premios y dejen de hacer efecto.

-          Los premios deben darse en proporción a la importancia y dificultad de la conducta que se desea premiar. Los grandes premios sólo deben darse si se trata de un comportamiento adecuado que nos parezca importante y que le suponga un esfuerzo al niño. No se debe regalar al niño una consola por un aprobado en mates, por ejemplo.

¿Cómo reforzar mediante el contacto físico?:

Cuando el niño se porta bien, también podemos demostrarle que nos agrada su conducta mediante el contacto físico. Es muy efectivo, sobre todo, con los niños más pequeños, y con niños muy cariñosos y “pegajosos” que necesitan continuo contacto físico.

-          Sentarse cerca del niño

-          sentarlo en nuestras rodillas,

-          darle palmadas cariñosas,

-          abrazos y besos,

-          hacerle cosquillas,

-          juegos que impliquen actividad física (por ej, subirle a caballo), etc.

 

IGNORAR AL NIÑO 

La mayoría de las conductas inadecuadas de los niños son una forma de reclamar la atención de sus mayores. Conviene darse cuenta de cómo muchas veces a través del llanto, los gritos o el negarse a obedecer, consiguen ser atendidos o “salirse con la suya”, dejando algo que no querían hacer sin hacer.

 

¿En qué consiste esta “retirada de atención”?: en ignorar de forma sistemática los comportamientos inadecuados. Las conductas que se ignoran desaparecen. A los niños no les gusta que les ignoren y se darán cuenta de que su conducta no funciona.

Ejemplo: Los fines de semana, antes de cenar, Pablo siempre pide alguna chuchería. Cuando no se la doy, se tira al suelo y se pone a llorar. Lo que ocurre es que algún día me pilla “con la guardia baja” y, por no aguantarlo, se la acabo dando, con lo cual volverá a pedirlo. Lo adecuado en esta situación sería decirle que no UNA SOLA VEZ y, a partir de ahí, ignorar sus llantos, sus quejas y sus pataletas.

¿Cuándo ignorar al niño?:

-          Ignoraremos al niño cuando muestre rabietas, cuando se ponga agresivo o contestón con nosotros, cuando se niegue a hacer algo que le pedimos…

¿Cuándo no es adecuado ignorar?:

-          Es evidente que NO se pueden ignorar conductas peligrosas, como correr por la carretera, subirse a las estanterías o jugar con los enchufes.

-          Tampoco se pueden ignorar conductas intolerables, como pegar o morder.

-          No conseguiremos nada cuando hay otras personas que están reforzando el comportamiento del niño mediante su atención. Por ejemplo, cuando ignoramos al niño y éste comienza a llorar, y va el abuelo a consolarlo. Por lo tanto, se debe hablar con la familia una vez que hayamos decidido ignorar los malos comportamientos del niño, para que todos actúen con él de la misma forma.

¿Cómo ignorar?:

-          No reaccionar al mal comportamiento de ninguna manera, no decir nada al respecto, no mostrar ninguna expresión facial o hacer gestos como reacción a ello.

-          No mirar al niño cuando esté actuando, mirar hacia otro sitio, darle la espalda, apartarse disimuladamente todo lo posible, salir de la habitación si es necesario.

-          Hacer como si se estuviera ocupado en otra cosa y uno no se da cuenta de lo que está pasando, hablar con otra persona, tararear, subir el volumen de la radio, mirar al techo, hablar con uno mismo de sus cosas,…todas son formas eficaces para no prestar atención.

-          Premiar las buenas conductas: prestar atención después de que haya parado de comportarse de forma inadecuada, sonriéndole, mirándole o hablándole, con elogios y gestos de afecto. Que vea que cuando se porta bien es cuando capta mi atención, no de otra manera.

A tener en cuenta…

-          Hay que estar preparados: al ignorar al niño, en un primer momento, los comportamientos empeoran antes de mejorar. El niño, al principio, intentará atraer una atención a la que está acostumbrado, mediante más llantos, quejas, gritos,….Pero no debéis abandonar. Podéis anotar el tiempo que duran las rabietas o las quejas, o contar las veces que se producen, para así comprobar los progresos que se hacen. Aunque parezca que las pataletas duran una eternidad, se pueden medir en segundos o minutos. Cuando comprobéis que los quejidos duran 10 minutos el día que no se le compra una chuchería, y 8 minutos al día siguiente, os animaréis a seguir con la táctica.

-          Esta técnica produce resultados duraderos, aunque es un procedimiento lento, sobre todo si la conducta ha sido reforzada anteriormente de manera intermitente (unas veces le hice caso y otras no).

-          Vosotros debéis valorar el comportamiento y decidir si se puede ignorar sin problemas. No debéis empezar con algo que no podréis ignorar durante mucho rato, pues esto haría que la conducta empeorase en vez de mejorar, ya que le estaríais reforzando de manera intermitente.

Otra forma de ignorar: la técnica del “disco rayado”:

 -          En qué consiste: como su nombre indica, en repetir, tantas veces como sea necesario, nuestra negativa a la petición del niño.

Ejemplo: en el caso de Pablo, cuando insiste en picar algo antes de la cena, le explicaremos nuestra decisión de forma razonada UNA SOLA VEZ: “no puedes comer chocolate antes de la cena porque te quitará el apetito y luego no querrás el pescado”. A partir de ahí, como respuesta a sus súplicas, se le repetirá nuestra negativa de una forma breve “No comerás nada antes de la cena”. No importa lo creativos que se vuelvan sus argumentos, nos limitaremos a repetir “No comerás nada antes de la cena”.

-          Funciona muy bien con niños que no aceptan el no como respuesta, niños que han aprendido que su insistencia da resultado, que saben que los demás cederán al final.

-          Cómo hacerlo: en un tono relajado, sin enfadarse, simulando prestar poca atención a la petición del niño, siempre con las mismas palabras.

LA RIÑA

¿Cómo reprender?:

-          Debe hacerse inmediatamente después de la mala conducta del niño.

-          En privado. Si se riñe al niño en público es posible que la atención que le presten otras personas, en lugar del efecto de castigo, tenga un efecto de premio, o que le genere rencor al niño por “humillarle” en público.

-          La riña debe ser enérgica, firme, pero no excesiva, no hace falta gritar, debe hacerse tranquilamente, con serenidad.

-          Debe ser breve, no debe entrarse en discusiones con el niño, ni atender a réplicas poco razonables, porque nos arriesgamos a entrar en una discusión sin fin, sobre todo con esos niños que quieren tener siempre la última palabra, y porque, además, los niños habitualmente desconectan a los dos segundos de comenzar a “soltarles el rollo”.

-          Si el niño es pequeño y tras la reprimenda llora, no se le debe consolar de inmediato, sino que hay que esperar a que se calme.

EL CASTIGO

Es, sin duda, el método más extendido para corregir conductas. Sería maravilloso poder educar a los niños usando sólo técnicas positivas, pero no siempre es posible.

Debemos tener en cuenta que el castigo tiene algunos inconvenientes, para no abusar de él  y utilizarlo sólo cuando sea necesario:

-    Con el castigo no se logra que el niño aprenda una conducta más adecuada, sólo hace desaparecer o reducir una conducta problema. Enseña lo que no se debe hacer en lugar de lo se debe hacer. Por ejemplo, Marta de 3 años, se sube a una silla para coger un vaso y su madre la castiga porque la silla se tambalea y la niña se cae al suelo. Marta se echa a llorar y dice que no lo volverá a hacer. Si esto se deja así, la niña no aprenderá que debe pedir ayuda o no sabrá que hay tazas más abajo. Aprendió lo que no debe hacer pero no lo que debe hacer en el futuro.

-    Si se castiga demasiado, el niño puede aprender a engañar, a “escurrir el bulto” para escapar del castigo.

-    Puede generar miedo en el niño. El objetivo no es que el niño tema a sus padres, sino que les respete y les obedezca.

-    Además, sólo funciona cuando está presente el que castiga. En cuanto le demos la espalda al niño castigado, encenderá la tele o la consola.

-    Cuando se usa el castigo muy a menudo pierde eficacia, se acaban acostumbrando. Hay niños que están eternamente castigados, siempre y a todo (hasta la próxima evaluación sin consola, tele, móvil, sin salir, sin jugar fútbol,…)

El castigo, sin embargo, no debe considerarse necesariamente bueno o  malo. Los expertos no están en contra de su aplicación. Están a favor de un uso eficaz del castigo. Dado que el castigo es, a veces, innecesario, la cuestión es cómo y cuándo emplearlo.

Todos conocemos el castigo, pero, con mucha frecuencia, no lo usamos como deberíamos:

-          “Estás castigado sin tele, sin consola y sin ordenador durante todo el mes”.

-          “No volverás a usar el ordenador hasta los 35”.

-          “Estoy tan enfadada que ahora mismo no sé lo que voy a hacer contigo…te diré tu castigo más adelante, tengo que pensármelo”.

-          “Estás castigado hasta nuevo aviso”.

-          “¡Verás cuando llegue tu padre…!”

¿Cuándo castigar?

-          Siempre que el niño incumpla una norma.

-          Cuando la conducta del niño está poniendo en peligro su seguridad o la de los demás: pegar, subirse a las estanterías,…

-          Cuando se trata de un comportamiento negativo poco frecuente. Si es algo que el niño hace habitualmente, el castigo pierde su efecto, ya que le estaremos castigando de continuo y el niño se acostumbrará. Por ejemplo, si el niño es muy inquieto y no consigue estar más de 10 minutos seguidos sentado, de nada servirá que le castiguemos por ello.

¿Cómo castigar?

-         El castigo elegido debe ser realmente eficaz, debe disminuir la probabilidad de que la conducta se repita. Si mandamos al niño a su cuarto por haber pegado a su hermana, y en la habitación ha estado jugando con el fuerte de Playmobil, cuando salga no le habrá importado nada el castigo y volverá a pegar a la niña.

-         Deben ser educativos. A la vez que castigamos la mala conducta, debemos enseñarla correcta. Tienen que tener relación con la norma que se ha saltado el niño. Además de castigar al niño sin tele por no recoger su habitación, debemos obligarle a que haga su cama, que ordene su armario y que recoja los juguetes que tiene tirados por el suelo. Si está castigado por algo que le pedí, debe hacerlo.

-         Para que el castigo sea eficaz, tiene que aplicarse INMEDIATAMENTE DESPUÉS de la conducta inadecuada. No puede dejarse para más tarde o “para cuando venga tu padre”. El castigo funciona cuando es inmediato, no cuando es grande.

-         El niño tiene que saber por qué se le castiga, se le tiene que explicar antes de castigarle cuál es el comportamiento que nos desagrada y qué ocurrirá si se sigue comportando de esa forma.

-         Debe ser firme y consistente. Debe castigarse SIEMPRE la conducta inadecuada, independientemente de nuestro humor, de estar en una casa que no es la nuestra, etc.

-         Por lo tanto, el castigo debe ser realista, debe ser algo que el niño pueda cumplir (no castigarlo con estar sentado toda la tarde en su escritorio, cuando sabemos que no puede permanecer quieto más de 10 minutos) y que nosotros seamos capaces de hacer cumplir (“pobrecito, lleva toda la semana sin postre, como hoy es el cumpleaños de su hermana nos saltamos el castigo”).

-         Debe ser proporcionado al mal comportamiento. No se pueden castigar de la misma forma pequeñas faltas (como no hacer la cama o no recoger los juguetes) que las faltas graves (como pegar al hermano o romper un mueble de la casa).

-         Debe ser lo más corto posible y debe tener un final claramente establecido. De nada sirve castigar sin consola durante un mes o de forma indefinida, el niño habrá olvidado en ese tiempo por qué está castigado.

-         Siempre se debe dar al niño la oportunidad de realizar la conducta correcta, que demuestre lo que ha aprendido. Por ejemplo, si castigo a mi hijo por haber llegado tarde a casa con no ir al parque un mes, no podrá demostrarme que ha aprendido a ser responsable.

-         El castigo debe usarse con moderación, si se usa muy a menudo el niño se habitúa y no es efectivo. Siempre lo utilizaremos COMO ÚLTIMO RECURSO.

Lo que nunca se debe hacer…

-         No se debe amenazar en vano. NUNCA se debe decir al niño que se le castigará y luego no hacerlo. No hay que darle la segunda, la tercera ni la décima oportunidad antes de entrar en acción, porque esto hará que la mala conducta se consolide y se haga resistente al cambio. Y no se deben retirar los castigos una vez puestos.

-         No se debe recompensar nunca la conducta que se castiga. Por ejemplo, cuando María habla mal de sus amigas, su madre la reprende. Pero cuando habla mal de la vecina, su madre no puede contener una sonrisa.

-         No debemos dejarnos llevar por nuestro estado de ánimo, por el cansancio, etc., a la hora de establecer un castigo. De esa forma podemos poner un castigo exagerado o castigar de forma “extra” al niño mediante nuestro trato hacia él.

-         El castigo nunca debe atentar contra los derechos del niño. Nunca debe ser violento, ni debe humillarle o ridiculizarle.

-         No debe implicar falta de amor. De ninguna manera debemos castigar a nuestros hijos quitándoles nuestro afecto.

Siempre recordar que el fin del castigo no es dañar, sino enseñar. Que nunca se convierta en una venganza.

Otras formas de castigar:

-         Sobrecorregir al niño: Si el niño ha pintado la pared de su cuarto, obligarle a que limpie lo que ha manchado, y además, que recoja los juguetes que tiene tirados por el suelo.

-         Hacer que practique conductas positivas de forma exagerada: por ejemplo, si el niño no va a la cocina cuando se le llama para comer, se trataría de obligarle a salir fuera y esperar allí a que se le llame durante 10 veces consecutivas. Otro ejemplo, Javi siempre va corriendo por casa en lugar de caminar, con lo cual a veces tropieza con nosotros por el pasillo o tira cosas de la casa al suelo. Lo que haríamos sería hacer que el niño vuelva hacia atrás y obligarle a que recorra el pasillo despacio 10 veces.

LA PÉRDIDA DE PRIVILEGIOS

¿En qué consiste?: en quitar un privilegio del que el niño está disfrutando en el momento en que empieza a portarse mal.

Ejemplo: Marcos está viéndola TV, y cuando aparece su hermana, comienza a pegarla. Aplicar esta técnica aquí consistiría en apagarle la TV, es decir, el privilegio del que estaba disfrutando.

¿Cuándo aplicarlo?

-          Cuando la conducta inadecuada sea seria o peligrosa para el niño o para los demás.

-          Es más eficaz en niños mayores y adolescentes.

¿Cómo se aplica?:

-         El privilegio debe ser algo que se pueda negar EN ESE MOMENTO al niño.

-         El número de privilegios a suprimir y el tiempo durante el cual no se podrá disfrutar de ellos deben adaptarse a la edad del niño y a la importancia o severidad de la conducta.

-         El privilegio debe retirarse, como máximo, durante 24 horas; castigar al niño sin televisión o sin consola durante una semana o un mes entero no suele funcionar, entre otras cosas porque el niño tiene una noción del tiempo muy diferente a la nuestra, y cuando haya pasado el mes, si se le pregunta por qué se le ha castigado, lo más probable es que conteste que ni idea…..

-         Cuando se retire el privilegio, vuestra actitud debe ser tranquila y firme.

-         Hay que cambiar los privilegios que se suprimen con cierta frecuencia, para que la técnica no pierda eficacia.

EL “TIEMPO FUERA” O MANDAR AL NIÑO AL RINCÓN 

¿En qué consiste?: en hacer que el niño pase unos minutos en un rincón o cualquier habitación aburrida para él, donde no pueda encontrar ninguna cosa divertida o estimulante (juguetes, libros, pinturas, cuadros, TV,…), inmediatamente después de un comportamiento incorrecto. Se trata de retirar al niño de una situación reforzante o agradable para él.

Ejemplo: estoy jugando con mis dos hijos a las construcciones, pero Pedro no deja de “chinchar” a su hermano Adrián. Lo adecuado sería avisar a Pedro de que si sigue comportándose así, le llevaré a la cocina hasta que se calme. Si el niño sigue metiéndose con su hermano, le sacaré de la habitación y me quedaré jugando con Adrián hasta que pase el tiempo acordado.

¿Cuándo mandar al niño al rincón?:

-          Esta técnica se utiliza para conductas molestas, agresivas o violentas, como pelearse con sus hermanos, molestar a otros niños, dar malas contestaciones, gritar, ponerse llorón, etc.

-          Es muy eficaz en niños de entre 2 y 10 años.

¿Cómo hacerlo?:

-         El rincón o la habitación de “aislamiento” debe ser aburrida, pero no oscura ni cruel, que no atemorice al niño.

-         Explicarle al niño las reglas, especificar con claridad qué es lo que esperamos de él y lo que ocurrirá si estas normas se incumplen.

-         Es conveniente aplicarlo después de una advertencia, sólo si el niño persiste en la conducta inadecuada después de este aviso.

-         Llevar al niño al lugar aburrido de forma tranquila y sin gritar y sin entrar en ningún tipo de discusión con él sobre la medida tomada.

-         No se debe imponer como algo negativo, sino que se le debe plantear al niño como una oportunidad para calmarse.

-         El tiempo de “aislamiento” adecuado es de 1 minuto por año de edad del niño, un largo periodo puede resultar inútil.

-         Si en la situación hay presentes otras personas (sus hermanos, familiares, otros niños),… se puede hacer también dejándole en el mismo lugar pero sin participar, simplemente observando cómo los demás reciben             atención por portarse bien. En nuestro ejemplo, Pedro se quedaría en un rincón de la habitación mientras yo sigo jugando con Adrián, y no le haré caso hasta que pasen los minutos del “tiempo fuera”.

-         Se puede utilizar un despertador o un reloj de cocina, cuando suene la alarma el niño puede volver si se ha tranquilizado.

-         Advertirle que si sale de su sitio antes de que termine el tiempo, éste volverá a contar de nuevo.

-         Si el niño se niega a ir al rincón, hay que aumentarle 1 minuto extra por cada minuto  de resistencia.

-         Se deberá reforzar al niño en la primera conducta positiva que realice después del “aislamiento”.

-         No permitáis que el tiempo fuera se convierta en una manera de evitar responsabilidades. Cuando el tiempo se cumpla, el niño debe hacer lo que se le pidió antes de comenzar el tiempo fuera.

LA LEY DE LA ABUELA

¿En qué consiste?: en exigir al niño que haga algo que no le gusta hacer, como condición indispensable para conseguir algo que le gusta, que desea o que había planificado hacer.

Ejemplo: “podrás comer un trozo de tarta cuando te comas el pescado”.

¿Cómo se aplica?:

-          Funciona mejor cuando se habla al niño de una manera tranquila.

-          Debe plantearse de forma positiva. Es decir, en lugar de “no irás al parque si no recoges tu habitación”, “si quieres salir al parque, debes recoger primero tu habitación”. En lugar de “si no terminas los deberes de mates, no te dejaré jugar ni ver la tele”, “si quieres ver la tele y jugar, tienes que terminar los deberes de mates”.

¡ÚLTIMOS CONSEJOS!

-    Debéis saber que es muy frecuente que cuando se comienzan a aplicar estas técnicas se aprecia una mejoría que disminuye rápidamente y los padres suelen abandonarlas, creyendo que no son efectivas. Hay que tener claro que todos los niños tienen altibajos y que tardaremos un tiempo en conseguir el objetivo deseado.

-    Lo principal es asegurarnos de que las metas que le ponemos al niño sean específicas y simples, no pedirle al niño demasiados cambios a la vez y no exigirle la perfección desde el principio.

-    No olvidéis buscar ejemplos de buenos comportamientos para premiar más que castigar las transgresiones del niño.

-    Todas las decisiones tomadas en relación al niño tienen que ser consensuadas entre padre y madre. Debéis mostraros coherentes y unidos delante del hijo.

-    Recordar que el objetivo final es que el niño aprenda que cuando una regla se rompe, hay una consecuencia negativa, y que una buena conducta tendrá consecuencias agradables.

Y siempre…

Confiad siempre en vuestro hijo. Si él ve que sus padres nunca confían en el, se hará merecedor de esa desconfianza.

Poner en primer lugar lo primero. Desarrollad un sentido de las prioridades. Hay que distinguir entre las batallas y las guerras, entre las cosas banales que queréis que el niño haga (por ejemplo, hacer la cama antes de ir al cole) y las metas más importantes que se deben lograr (que esté preparado para que le lleves al cole y cuando salgáis de casa haya un clima de paz y tranquilidad). El hecho de estar enfrentándonos continuamente al niño por todo lo que hace mal a lo largo del día puede hacer que nos encontremos atrapados en luchas por cosas triviales.

Sobre todo, escuchadlos y buscad tiempo para estar con ellos. Primero tratar de comprender y LUEGO de ser comprendido.

Quiéreme así por favor

No me des todo lo que pido. A veces sólo pido para ver hasta cuánto puedo coger.

No me grites. Te respeto menos cuando lo haces, y me enseñas a gritar a mí  también, y yo no quiero hacerlo.

No me des siempre órdenes. Si a veces me pidieras las cosas, yo lo haría más rápido y con más gusto.

Cumple siempre las promesas, buenas o malas. Si me prometes un premio, dámelo; pero también si es un castigo.

No me compares con nadie, especialmente de la familia. Si tú me presentas mejor que a los demás, alguien va a sufrir; y si me presentas peor que los demás, seré yo quien sufra.

No cambies de opinión, tan a menudo, sobre lo que debo hacer, decide y mantén esa decisión.

Déjame valerme por mí mismo. Si tú haces todo por mí, yo nunca podré aprender.

No digas mentiras delante de mí, ni me pidas que las diga por ti aunque sea para sacarte de un apuro. Me haces sentir mal y perder la fe en lo que dices.

No me exijas que te diga  el por qué cuando hago algo mal. A veces ni yo mismo lo sé.

Admite tus equivocaciones: Crecerá la buena opinión que yo tengo de ti y me enseñarás a admitir las mías.

Trátame con la misma amabilidad que a tus amigos: ¿Es que porque seamos familia no podemos tratarnos con la misma cordialidad que si fuéramos amigos?

No me digas que haga una cosa si tú no la haces. Yo aprenderé y haré siempre lo que tú hagas aunque no lo digas; pero nunca haré lo que tú digas y no lo hagas.

No me digas no tengo tiempo, cuando te cuente un problema mío. Trata de comprenderme y ayudarme.

Y quiéreme y dímelo: A mí me gusta oírtelo decir, aunque tú no creas necesario decírmelo…

Con cariño de nuestro hijo…

¿QUÉ DEBES HACER SI TU BEBÉ SE CAE?

Existe la posibilidad de que los bebés se den vuelta y se caigan de la cama, del coche o carriola, del sofá, o de su sillita de comer. Cuando ya gatean y caminan, es mucho más probable que se puedan lastimar. Si bien es un momento angustiante, es indispensable que mantengas la calma y evalúes la situación con objetividad para ver si es necesario llevarlo al pediatra o si se trata de una caída que no tiene consecuencias importantes. Aquí te cuento más acera de qué debes hacer si tu bebé se cae.

Andrea le estaba cambiando el pañal a su bebita de 7 meses y en una fracción de segundo, mientras ella se agachaba a recoger una toallita del piso, su bebé se dio vuelta y cayó en el piso de madera. Andrea todavía llora cuando recuerda de ese momento. El corazón se le detuvo por un momento y pensó lo peor. Luego del pánico y de llamar a su pediatra de inmediato, Andrea pudo respirar tranquila porque a su bebita no le pasó nada más que un chichón en la cabeza.

Puede que como a Andrea, a ti te haya sucedido alguna vez que tu bebé se haya caído. Y aunque no es lo ideal, a todo el mundo le puede ocurrir un accidente. Las caídas más comunes de los bebés son desde la cama, la mesa de cambiar el pañal, el cochecito o la carriola o incluso, la sillita de comer. Es probable que si ya camina o gatea, se pueda tropezar y caer, o derribar algún objeto que pueda golpearle la cabeza. Cualquiera que haya sido la circunstancia de este tipo de accidentes, es importante tomar ciertas medidas para asegurarte de que tu bebé no haya sufrido ninguna lesión grave en la cabeza o en el resto de su cuerpo.

Dicen los que saben que los bebés parecen estar hechos de caucho, porque salen ilesos de muchas caídas que a simple vista parecían terribles. Sin embargo, es muy importante que consultes con tu médico para descartar que no hayan sufrido una conmoción cerebral (o lesión cráneo encefálica) cuando se golpean la cabeza especialmente, que requiera atención.

Si tu bebé llegara a caerse, no te angusties. Muchas caídas parecen peores de lo que son en realidad. Toma nota de lo que debes hacer:

Consuela a tu bebé

Revisa la cabecita y el cuerpo de tu bebé para ver si tiene algún moretón (magulladura, morado) o herida visible. Quítale la ropa para poder verle todo su cuerpecito. Si no le encuentras ninguna señal de alarma, es probable que no haya pasado nada. Si ves algún tipo de herida, llama de inmediato al pediatra.

Es importante aclarar que aunque no tenga ninguna herida visible en la cabeza, puede haber sufrido alguna lesión interna o lo que se conoce como conmoción cerebral. Para saber si es así, debes observar muy cuidadosamente el comportamiento de tu bebé y estar alerta a síntomas como los siguientes:

  • Pérdida de conciencia (desmayo)
  • Mareo
  • Somnolencia
  • Confusión
  • Problemas de coordinación en sus movimientos
  • Vómito
  • Irritabilidad

Salida de líquido transparente o con sangre de su nariz, de su boca o de sus oídos

¿Cuándo debes llamar al servicio de emergencia?

Si tu bebé se golpeó la cabeza y está sangrando, si tiene convulsiones, si perdió la consciencia (se desmayó) o está respirando de manera irregular, llama para recibir ayuda inmediata. Si sabes darle primeros auxilios (algo indispensable cuando se tienen un bebé) hazlo y no lo muevas, a menos de que haya peligro de que se lastime más si no lo haces.

Recuerda que la mejor forma de evitar que tu bebé se caiga, es tomando las medidas preventivas necesarias: amárralo bien cuando está en su silla de comer, en la mesa cambiadora de pañales o en su coche, no lo desatiendas ni por un segundo cuando está en una cama, silla o sofá; no corras ni camines con zapatos altos cuando lo tienes en brazos y crea un espacio seguro en tu casa para que tu bebé no se lastime cuando sale a explorar y a jugar en cada rincón.

Si tienes alguna pregunta acerca de las caídas de los bebés y sus posibles consecuencias, consulta con tu pediatra.

IMPORTANCIA DEL DEPORTE EN LOS NIÑOS

Es importante que desde pequeños seamos educados en muchas áreas distintas de nuestra vida: la educación escolar, cultural, histórica, nutricional... y, también, una educación deportiva.

Los padres deben acompañar a sus hijos e iniciarlos en los diferentes deportes y actividades deportivas, pues esto podrá fortalecerlos física y psicológicamente.

Sobre este tema hemos hablado con el monitor de gimnasio y actividades deportivas José Antonio Liza.

Según nos cuenta, el deporte es de suma importancia para nuestros hijos; en primer lugar, a nivel psicológico, el deporte les ayudará a enfrentarse a la competición, a plantearse diferentes metas, los hará más fuerte y les ayudará en algo tan importante como saber trabajar en equipo y comunicarse con sus compañeros.

A su vez, a el nivel físico, se trata de una cuestión de educación de la salud. El deporte prevendrá contraer todo tipo de enfermedades, pues la salud de nuestro hijo y su condición física será mucho mejor, o a combatir algunas, que cada vez son más frecuentes en los más pequeños, como la obesidad mórbida.

Ante esto, una de las cuestiones que como padres se nos puede plantear es cuál de las actividades físicas o deportivas son mejores para nuestros hijos.

Lo más importante, en primer lugar, es que el niño se divierta, que relacione el deporte con ocio y diversión y, así, asistirá con asiduidad y regocijo a esta actividad. Generalmente, los deportes de equipo se acercan más a esta característica. Fútbol, baloncesto, hockey o voleibol son algunos de los deportes de equipo preferidos por los más pequeños.

La relación que se crea en el terreno de juego entre compañeros es ideal para que el niño aumente su empatía y sus relaciones sociales. La competitividad y compenetración de cada entrenamiento o partido hará a tu hijo saber comunicarse, comprender y relacionarse con los demás.

En general, el deporte individual no fomenta este tipo de destrezas. Si el niño practica ciclismo o atletismo se sentirá más solitario y no se enfentrará al entrenamiento deportivo con la misma satisfacción, pudiendo llegar incluso a aborrecerlo. Por ello, este tipo de deportes será necesario que se realicen también en grupo, en escuelas de tenis o atletismo donde pueda aprender y practicar el ejercicio con otros compañeros.

El deporte tiene la facultad de ayudar a los más pequeños a desarrollar destrezas físicas, hacer ejercicios, socializar, divertirse, aprender a jugar formando parte de un equipo, aprender a jugar limpio y a mejorar su autoestima. El deporte ayudará al desarrollo físico del pequeño, mejorando y fortaleciendo su capacidad física y mental.

Un ritmo imparable.- Normalmente, los jóvenes son físicamente más activos que los adultos ya que un niño sano, interesado en la actividad física, está siempre en movimiento. Además está demostrado que los niños recuperan los esfuerzos físicos más rápidamente que los adultos.

Un estudio efectuado con niños de 4-5 años de edad a los que se les deja jugar libremente en un día de vacaciones ha demostrado que en general los varones son físicamente activos por más de seis horas, mientras que las niñas por un tiempo de 5 horas y 28 minutos.

Un niño es un atleta de larga duración, ya que ningún adulto puede tolerar un esfuerzo físico de una duración de seis horas diarias, con valores de frecuencia cardíaca del 160% superior a la de reposo. En definitiva, el niño podrá practicar deporte mientras no se canse de jugar.